jueves, 11 de abril de 2019

roland barthes, el imperio de los signos

Siendo completamente inteligible, el haikú no quiere decir nada, y es a causa de esta condición doble por lo que parece estar ofreciéndose al sentido, de un modo particularmente disponible, servicial, como un huésped educado que permite instalarnos cómodamente en su casa, con nuestras manías, nuestros valores, nuestros símbolos (p. 92-93)

También el haikú parece dar a Occidente unos derechos que su literatura le niega y unas comodidades que ella le escatima. Vosotros tenéis derecho, dice el haikú, a ser fútiles, cortos, ordinarios, encerrad lo que veis, lo que sentís en un tenue horizonte de palabras, y os parecerá interesante (p. 93)

Sabido es que el budismo frustra la vía fatal de cualquier aserción (o de cualquier negación) al recomendar no ser cogido jamás en las cuatro proposiciones siguientes: Esto es A - esto no es A - esto es a la vez A y no A - esto no es ni A ni no-A. (...) Dicho de otro modo, la vía budista es precisamente la del sentido obstruido (p. 98)

constreñido en la clasificación por excelencia, la del lenguaje, el haikú actúa por lo menos con vistas a obtener un lenguaje plano, que nada fundamenta (como es indefectible en nuestra poesía) (p.99)

Cuando se nos dice que fue el ruido de una rana lo que despertó a Basho a la verdad del Zen, se puede entender (aunque esto sea todavía una manera demasiado occidental) que Basho descubrió en ese ruido, no ciertamente el motivo de una "iluminación", de una hiperestesia simbólica, sino más bien un final del lenguaje: hay un momento en el que el lenguaje cesa (momento obtenido a base de un refuerzo de ejercicios), y es este corte sin eco lo que instituye a la vez la verdad del Zen y la forma, breve y vacía, del haikú. (p. 99)

he aquí lo que se recomienda al ejercitante que trabajaun koan (o anéctoda que le es propuesta por su maestro): no resolverlo, como si tuviera un sentido, ni siquiera percibir su absurdo (que sigue siendo un sentido), sino rumiarlo "hasta que se caigan los dientes". Todo el Zen, del cual el haikai no es más que la rama literaria, aparece así como una inmensa práctica destinada a detener el lenguaje. (p. 100)

obrar sobre la raíz misma del sentido, para lograr que este sentido no huya, no se interiorice, no se haga implícito, ni se descuelgue ni divague en el infinito de las metáforas, en las esferas del símbolo. La brevedad del haikú no es formal; el haikú no es un pensamiento rico reducido a una forma breve (pp. 101-102)



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