miércoles, 6 de noviembre de 2019

un buen articulito que enconrté sobre wata (APROXIMACIONES A JOSÉ WATANABE Tania Favela

El caso de José Watanabe es un caso especial. Podríamos hablar de él como un poeta insular dentro de su generación[3], ya que en principio no perteneció al grupo “Hora Zero” ni a Estación Reunida ¾aunque publicó en ella ocasionalmente¾, y alejó su trabajo poético de todo discurso político e ideológico. A diferencia de los poetas de “Hora Zero” la poesía para Watanabe no estaba vinculada a la posibilidad de un cambio social, sino al descubrimiento de la belleza: a la posibilidad de penetrar en la realidad de las cosas y en el misterio y significado de la vida. La sabiduría está en las cosas, sugiere Watanabe; el trabajo del poeta es ir a su encuentro, registrar, lo más fielmente posible, esos guiños del mundo que encierran, en alguna medida, respuestas para el hombre.

Watanabe se aleja no sólo de la veta política, sino también del ultracoloquialismo en auge en ese entonces, aunque mantiene el elemento regional al utilizar como escenario de sus poemas a Laredo, lugar de su nacimiento, punto desde el cual accede a una visión mítica, que se enfrenta por momentos a su visión racional del mundo.

Un rasgo fundamental que lo vincula a su generación es, sin embargo, el uso de una línea narrativa dentro del poema. Ahora bien, como señala Fernando Jara, en su artículo “José Watanabe o la poética del ojo”:

En la mayoría de los poetas de la generación del 70, la narratividad no es sólo un artificio verbal con pretensión estética; a ella subyace también una intención política, un propósito ideológico (pág. 215).

 Cito lo que el  propio Watanabe dice en una entrevista en Ajos y Zafiros:

No me gustan los poemas de vitrina de Eguren, sino los menos conocidos, los que casi limitan con lo sórdido. En esos textos el lenguaje está más potenciado, tiene más densidad. (…) A partir de esas lecturas me doy cuenta que ese lenguaje tiene esa doble condición contradictoria: es limpio, pero denso; es lindo, pero dice cosas duras. A mi me encanta ese lenguaje. A veces pretendo que mi lenguaje sea así (pág.77).

Mi padre era lector de haikus. En medio de pollos y patos del corral de mi

casa, me traducía, entre grandes pausas reflexivas, esos breves poemas que

entonces yo no entendía claramente. Ese fue el primer lenguaje poético que

conocí [8].

No sigas las huellas de los antiguos, busca lo que ellos buscaron, escribió el gran poeta Basho. Watanabe aprende esta lección y busca su propia voz, su tono, su manera particular de enfrentar al lenguaje, creando formas muy distintas a la tradicional forma del haiku. Lo que toma de él es cierta actitud ante el mundo y la palabra: un lenguaje sobrio, mesurado, ceñido, señala la belleza del mundo. La contemplación se traduce en la poética de Watanabe en una atención constante ante todo lo que le rodea. Atención y contemplación son ambas cualidades imprescindibles dentro de la visión oriental.

Javier Sologuren en su libro Gravitaciones y tangencias señala algunas características que me parece pueden arrojar cierta luz sobre la obra de Watanabe. Habla, por ejemplo, de la impermanencia. La conciencia de la impermanencia abre en la poesía de Watanabe una lectura de la vida y de la muerte que atraviesa toda su obra. En su poema “El guardián del hielo”, incluido en su libro Cosas del cuerpo, delinea, partiendo de una visión de la fugacidad, esta poética: [wabi sabi]

Lo fugaz está profundamente relacionado con la posibilidad de la revelación, de la iluminación: el instante, descubre, súbitamente, el misterio de la existencia.

La conciencia de la impermanencia abre en la poesía de Watanabe una lectura de la vida y de la muerte

https://quartodejade.wordpress.com/2009/07/26/aproximaciones-a-jose-watanabe/#_ftn3

--------------antes de hablar de wata, hace un pequeño panorama de la poesía peruana de los 50 y 60. básicamente en los 50 eran solemnes y se dividían entre los influidos por la poesía de la guerra civil española o los influidos por las postvanguardias francesas; en los 60 el tratamiento solemne se rompe y entran el coloquialismo y el humor.----------------------------

La generación del 60 supone una fuerte ruptura con la poesía anterior, en especial con la generación del 50. Como escriben Miguel Ángel Zapata y José Antonio Mazzotti en el libro El bosque de los huesos, ella se encargó de renovar:

un lenguaje cuyo rasgo más saltante en los años 50 era el de la dependencia hacia tradiciones como la de la poesía española de la guerra civil, por un lado, y la del surgimiento del post-simbolismo y el post-surrealismo, de estirpe francesa, por el otro. Ambas tendencias calificadas de “poesía social” y “poesía pura” compartían, a pesar de sus temas casi opuestos, un tratamiento solemne y elevado del lenguaje poético, con casi ningún acercamiento a registros populares. Otro rasgo común en la poesía de los años 50 era el culto privilegiado de la metáfora, en desmedro de otras posibilidades expresivas” (pág.13).

La generación del 60 introduce otros registros al lenguaje poético: el sentido lúdico, el desenfado, la veta coloquial y el humor. Aparecen como ejes importantes los modelos anglosajones, los Cantos de Ezra Pound, la obra de T.S. Eliot, el montaje, el collage, “El verso proyectivo” de Charles Olson. Estos nuevos registros modifican el quehacer de la poesía peruana.

Dos grupos importantes surgen en esta época: el movimiento “Hora Zero” (1970), liderado por Jorge Pimentel; movimiento que brota entre los estudiantes de la Universidad Federico Villarreal, y la revista Estación Reunida (1968), que se aglutina en torno a la figura de José Rosas Ribeyro, director de la publicación, en la que participan los poetas de la  Universidad de San Marcos.

La belleza del lenguaje no impide señalar el horror de la guerra. De alguna manera, lo terrible se ciñe a la armonía de la medida y el ritmo.

Watanabe recuerda, dentro de la misma entrevista, el poema “El caballo” de Eguren,  en el que el poeta evoca la muerte de un caballo. En el caso de Watanabe la contradicción surge de forma distinta.  Esta doble condición del lenguaje aparece en sus poemas como principio estructural, pero también como pivote de su imaginación.

Otra voz importante que incide, como se dijo, en la obra de Watanabe, es la de César Vallejo. El mundo familiar que éste traza: la madre, el padre, los hermanos, ese mundo afectivo, aparece delineado en Watanabe desde su primer libro, Álbum de familia. El mundo familiar está relacionado en ambos con la lengua materna, con la tierra, el alimento, el hogar. En Watanabe, la madre, de origen andino, abre la posibilidad de acceder al mundo del mito, la fábula, la leyenda, incluso la parábola, en un encuentro interesante entre el mito andino y la visión católica. En Vallejo, en cambio, la madre, abre más bien una herida, herida que atraviesa toda su obra.  El mundo afectivo de Vallejo se resquebraja y, al fracturase, se quiebra también el lenguaje que intenta dar cuenta de él. Ante la imposibilidad de restaurar el mundo, la sintaxis se disloca.

En Watanabe, el mundo afectivo funciona de otra manera: es un apoyo, un sustento; la necesidad que se percibe no es la de la trasgresión, sino la del equilibrio. A diferencia del lenguaje desgarrado de Vallejo, el de Watanabe es sereno, callado, busca el equilibrio y se construye desde el silencio.

En su poesía se fusiona la tradición occidental con la tradición oriental, aprendida, en un principio, de su padre, un inmigrante japonés que, como cuenta el mismo Watanabe, le traducía haikus y le contaba historias de samuráis

una entrevista a Watanabe de julio de 1988

"Son poemas muy mesurados -dice-. Tengo una especie de pudor que no sé si he aprendido de la poesía japonesa, especialmente del haiku, o si me viene por tradición familiar, pues mi familia es antipatética, totalmente desdramatizada".

"No trato de hacer reflexiones filosóficas -continúa- sino tan sólo describir una situación. Muchas veces tengo el tema, la idea, pero no tengo el escenario. Busco ese escenario -quizá sea una distorsión que me viene por hacer cine- en la pintura, en la arquitectura; a veces mis lecturas de química o sociología me dan la clave, el escenario que necesito para el tratamiento". Piensa un instante y agrega: "creo que mantengo desde siempre cierto espíritu del haiku: escribir sin dramatizar, describir algo sin sacar conclusiones y dejar que el lector tenga la posibilidad de conmoverse ante una situación que yo simplemente muestro".

"Mi padre leía mucho -recuerda Watanabe-, era pintor, le gustaba hojear un libro de Cezanne que yo conservo hasta ahora. Era una persona muy especial. Por eso, cuando pienso en él algo me duele: ¿qué hacía una persona como él trabajando en una hacienda azucarera? ¿Cómo podía sentirse en un ambiente así? Sabía hablar inglés y francés y el hacendado lo mandaba llamar para practicar esas lenguas. Después mi padre volvía a la ranchería para continuar con su vida de inmigrante pobre".

"Ese origen me marcó para siempre. Antes de sacarnos la lotería, mi hermano mayor llegó asustado diciendo que lo había perseguido un caballo blanco; a mi padre lo orinó un gato una noche; ocurrieron otras cosas así. Hasta ahora mi madre no puede dejar de creer que esos fueron buenos anuncios, como tampoco que fueron malos anuncios otros signos que precedieron a la muerte de mis dos hermanos. Ese mundo de mitos que aparece en mis poemas yo lo he vivido de chico, no lo he inventado. He vivido el mito sin saber que era un mito

habla con detenimiento de su propia vocación plástica, de su paso por la Escuela de Bellas Artes de Trujillo y de sus no tan episódicos estudios de arquitectura en la universidad Federico Villareal. Recuerda su experiencia en la televisión, como director del programa infantil La casa de cartón, que producía el INTE en los años setenta, y a continuación sus inicios en el cine, no sólo como guionista sino también como director artístico.

"hacer una escenografía es como escribir un poema, pero con cosas"

http://josewatanabe.tripod.com/entrevista.htm esta entrevista es de un tiempito antes de que saliera "El huso de la palabra"