El caso de José Watanabe es un caso especial. Podríamos hablar de él como un poeta insular dentro de su generación[3], ya que en principio no perteneció al grupo “Hora Zero” ni a Estación Reunida ¾aunque publicó en ella ocasionalmente¾, y alejó su trabajo poético de todo discurso político e ideológico. A diferencia de los poetas de “Hora Zero” la poesía para Watanabe no estaba vinculada a la posibilidad de un cambio social, sino al descubrimiento de la belleza: a la posibilidad de penetrar en la realidad de las cosas y en el misterio y significado de la vida. La sabiduría está en las cosas, sugiere Watanabe; el trabajo del poeta es ir a su encuentro, registrar, lo más fielmente posible, esos guiños del mundo que encierran, en alguna medida, respuestas para el hombre.
Watanabe se aleja no sólo de la veta política, sino también del ultracoloquialismo en auge en ese entonces, aunque mantiene el elemento regional al utilizar como escenario de sus poemas a Laredo, lugar de su nacimiento, punto desde el cual accede a una visión mítica, que se enfrenta por momentos a su visión racional del mundo.
Un rasgo fundamental que lo vincula a su generación es, sin embargo, el uso de una línea narrativa dentro del poema. Ahora bien, como señala Fernando Jara, en su artículo “José Watanabe o la poética del ojo”:
En la mayoría de los poetas de la generación del 70, la narratividad no es sólo un artificio verbal con pretensión estética; a ella subyace también una intención política, un propósito ideológico (pág. 215).
Cito lo que el propio Watanabe dice en una entrevista en Ajos y Zafiros:
No me gustan los poemas de vitrina de Eguren, sino los menos conocidos, los que casi limitan con lo sórdido. En esos textos el lenguaje está más potenciado, tiene más densidad. (…) A partir de esas lecturas me doy cuenta que ese lenguaje tiene esa doble condición contradictoria: es limpio, pero denso; es lindo, pero dice cosas duras. A mi me encanta ese lenguaje. A veces pretendo que mi lenguaje sea así (pág.77).
Mi padre era lector de haikus. En medio de pollos y patos del corral de mi
casa, me traducía, entre grandes pausas reflexivas, esos breves poemas que
entonces yo no entendía claramente. Ese fue el primer lenguaje poético que
conocí [8].
No sigas las huellas de los antiguos, busca lo que ellos buscaron, escribió el gran poeta Basho. Watanabe aprende esta lección y busca su propia voz, su tono, su manera particular de enfrentar al lenguaje, creando formas muy distintas a la tradicional forma del haiku. Lo que toma de él es cierta actitud ante el mundo y la palabra: un lenguaje sobrio, mesurado, ceñido, señala la belleza del mundo. La contemplación se traduce en la poética de Watanabe en una atención constante ante todo lo que le rodea. Atención y contemplación son ambas cualidades imprescindibles dentro de la visión oriental.
Javier Sologuren en su libro Gravitaciones y tangencias señala algunas características que me parece pueden arrojar cierta luz sobre la obra de Watanabe. Habla, por ejemplo, de la impermanencia. La conciencia de la impermanencia abre en la poesía de Watanabe una lectura de la vida y de la muerte que atraviesa toda su obra. En su poema “El guardián del hielo”, incluido en su libro Cosas del cuerpo, delinea, partiendo de una visión de la fugacidad, esta poética: [wabi sabi]
Lo fugaz está profundamente relacionado con la posibilidad de la revelación, de la iluminación: el instante, descubre, súbitamente, el misterio de la existencia.
La conciencia de la impermanencia abre en la poesía de Watanabe una lectura de la vida y de la muerte
https://quartodejade.wordpress.com/2009/07/26/aproximaciones-a-jose-watanabe/#_ftn3
--------------antes de hablar de wata, hace un pequeño panorama de la poesía peruana de los 50 y 60. básicamente en los 50 eran solemnes y se dividían entre los influidos por la poesía de la guerra civil española o los influidos por las postvanguardias francesas; en los 60 el tratamiento solemne se rompe y entran el coloquialismo y el humor.----------------------------
La generación del 60 supone una fuerte ruptura con la poesía anterior, en especial con la generación del 50. Como escriben Miguel Ángel Zapata y José Antonio Mazzotti en el libro El bosque de los huesos, ella se encargó de renovar:
un lenguaje cuyo rasgo más saltante en los años 50 era el de la dependencia hacia tradiciones como la de la poesía española de la guerra civil, por un lado, y la del surgimiento del post-simbolismo y el post-surrealismo, de estirpe francesa, por el otro. Ambas tendencias calificadas de “poesía social” y “poesía pura” compartían, a pesar de sus temas casi opuestos, un tratamiento solemne y elevado del lenguaje poético, con casi ningún acercamiento a registros populares. Otro rasgo común en la poesía de los años 50 era el culto privilegiado de la metáfora, en desmedro de otras posibilidades expresivas” (pág.13).
La generación del 60 introduce otros registros al lenguaje poético: el sentido lúdico, el desenfado, la veta coloquial y el humor. Aparecen como ejes importantes los modelos anglosajones, los Cantos de Ezra Pound, la obra de T.S. Eliot, el montaje, el collage, “El verso proyectivo” de Charles Olson. Estos nuevos registros modifican el quehacer de la poesía peruana.
Dos grupos importantes surgen en esta época: el movimiento “Hora Zero” (1970), liderado por Jorge Pimentel; movimiento que brota entre los estudiantes de la Universidad Federico Villarreal, y la revista Estación Reunida (1968), que se aglutina en torno a la figura de José Rosas Ribeyro, director de la publicación, en la que participan los poetas de la Universidad de San Marcos.
La belleza del lenguaje no impide señalar el horror de la guerra. De alguna manera, lo terrible se ciñe a la armonía de la medida y el ritmo.
Watanabe recuerda, dentro de la misma entrevista, el poema “El caballo” de Eguren, en el que el poeta evoca la muerte de un caballo. En el caso de Watanabe la contradicción surge de forma distinta. Esta doble condición del lenguaje aparece en sus poemas como principio estructural, pero también como pivote de su imaginación.
Otra voz importante que incide, como se dijo, en la obra de Watanabe, es la de César Vallejo. El mundo familiar que éste traza: la madre, el padre, los hermanos, ese mundo afectivo, aparece delineado en Watanabe desde su primer libro, Álbum de familia. El mundo familiar está relacionado en ambos con la lengua materna, con la tierra, el alimento, el hogar. En Watanabe, la madre, de origen andino, abre la posibilidad de acceder al mundo del mito, la fábula, la leyenda, incluso la parábola, en un encuentro interesante entre el mito andino y la visión católica. En Vallejo, en cambio, la madre, abre más bien una herida, herida que atraviesa toda su obra. El mundo afectivo de Vallejo se resquebraja y, al fracturase, se quiebra también el lenguaje que intenta dar cuenta de él. Ante la imposibilidad de restaurar el mundo, la sintaxis se disloca.
En Watanabe, el mundo afectivo funciona de otra manera: es un apoyo, un sustento; la necesidad que se percibe no es la de la trasgresión, sino la del equilibrio. A diferencia del lenguaje desgarrado de Vallejo, el de Watanabe es sereno, callado, busca el equilibrio y se construye desde el silencio.
En su poesía se fusiona la tradición occidental con la tradición oriental, aprendida, en un principio, de su padre, un inmigrante japonés que, como cuenta el mismo Watanabe, le traducía haikus y le contaba historias de samuráis
notitas sobre budismo, wabi sabi y watanabe para mi tesis n_n <3 (las entradas más viejas son sobre budismo las menos viejas sobre wabi sabi y haikus y las más recientes sobre watanabe)
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
-
Siendo completamente inteligible, el haikú no quiere decir nada, y es a causa de esta condición doble por lo que parece estar ofreciéndose a...
-
Lo poco que se ha escrito sobre ella ha intentado reconstruir un imaginario personal a partir de su lugar de origen, sus relaciones familiar...
No hay comentarios:
Publicar un comentario