Una noche de luna llena, a finales de
abril o principios de mayo, hace más de 2500 años, Siddharta Gautama, un
príncipe (que había renunciado tanto al palacio como al ascetismo) sentado en
posición de loto (al pie de un árbol) se iluminó. Vio claramente la naturaleza
del dolor, del karma y de la mente. Poco después, en Benarés, en el Parque de
los venados, Siddharta ahora convertido en Buddha, frente a un grupo de cinco
ascetas (bhikkhūs) de quienes había
sido compañero, expuso las Cuatro Nobles Verdades y el Camino Medio, la vía que
él había seguido hacia la iluminación. También les predicó que la identidad
individual, eso que llamamos “yo”, es sólo un sueño impermanente (como todo en
el universo y el universo mismo). Ese día quedaron realizadas las tres joyas
del budismo: el Buddha, la enseñanza (dharma)
y la comunidad de practicantes (sangha)
y “se puso en movimiento la rueda del dharma”. Así comienza la historia del budismo.
Sin embargo, la historia
del Buddha Sakyamuni o Buddha histórico empezó antes. La leyenda cuenta que una
reina, alrededor del siglo VI a.C., tuvo un sueño en el que un elefante blanco
de seis colmillos entraba por su costado sin provocarle dolor. Los astrólogos y
sabios le dijeron al rey que su esposa estaba embarazada y que su hijo crecería
para realizar uno de dos destinos posibles: ser dueño del mundo o un iluminado
que liberaría a los seres del sufrimiento. El rey quería que su hijo fuera
poderoso y durante años el príncipe fue recluido en un palacio, donde se casó y
vivió rodeado de lujos y placer. Hasta que un día salió en su carruaje y
conoció la vejez, la enfermedad, la muerte y la renuncia. Entonces abandonó el
palacio y a su familia (su hijo acababa de nacer) y se fue a buscar la liberación
con los ascetas, lejos de la ciudad. Después de un tiempo de mortificaciones (en
el que llegó a dominar técnicas de meditación muy avanzadas) su cuerpo era un
esqueleto lejos del nirvana, por lo que decidió dejar a sus maestros y buscar
el camino solo. Se sentó a meditar al pie de un árbol y prometió no levantarse
hasta lograr la iluminación. Después de encontrarla aquella noche de luna
llena, se dedicó a predicar el dharma
hasta su muerte, cuando tenía 80 años.
A lo largo de 2500 años,
el budismo ha cambiado mucho y tomado distintas formas, sin embargo hay un
núcleo que se mantiene y que podemos identificar en todas sus manifestaciones.
Este núcleo es el Sutra de Benarés,
el primer discurso que Buddha pronunció frente a los 5 bhikkhūs (se dice que
así como la huella de cualquier animal cabe en la pisada del elefante, la
enseñanza del Buddha cabe en las Cuatro Nobles Verdades):
“Estos dos extremos, bhikkhūs, no deberían ser
seguidos por un renunciante. Uno de estos extremos es la adicción a los
placeres sensuales (…); el otro extremo es la adicción a la mortificación (…).
No siguiendo estos dos extremos, el Tathāgata ha comprendido perfectamente el
camino medio, que genera la visión, que genera el entendimiento, que conduce a
la paz, que conduce a la sabiduría, que conduce a la Iluminación y que conduce
al Nirvana.
(…)
Esta, bhikkhūs, es la Noble Verdad del
Sufrimiento. El nacimiento es sufrimiento, la vejez es sufrimiento, la
enfermedad es sufrimiento, la muerte es sufrimiento. La pena, el lamento, el
dolor, el pesar y la desesperanza son sufrimiento, asociarse con lo indeseable
es sufrimiento, separarse de lo deseable es sufrimiento, no obtener lo deseado
es sufrimiento. En resumen, los cinco agregados de la adherencia son sufrimiento
Esta, bhikkhūs, es la Noble Verdad del
Origen del Sufrimiento.
Es este deseo que genera nueva existencia,
que asociado con placer y pasión se deleita aquí y allí. Es decir, el deseo
sensual, el deseo por la existencia y el deseo por la no existencia.
Esta, bhikkhūs, es la Noble Verdad de la
Cesación del Sufrimiento.
Es la total extinción y cesación de ese
mismo deseo, abandono, descarte, liberación, no dependencia.
Esta, bhikkhūs, es la Noble Verdad del
Camino que conduce a la Cesación del Sufrimiento.
Solo este Noble Óctuple sendero, es decir,
recto entendimiento, recto pensamiento, recto lenguaje, recta acción, recta
vida, recto esfuerzo, recta atención y recta concentración”.
Esto es la matriz del budismo: buscar el
punto medio, entender que el deseo es sufrimiento y practicar el Noble óctuple
sendero que conduce a la liberación. Cada una de las Cuatro nobles verdades
corresponde respectivamente, a la enfermedad (el sufrimiento), el diagnóstico
(el origen del sufrimiento), la curación (el cese del sufrimiento) y el tratamiento
(Noble óctuple sendero). Otro punto importante sobre el Sutra de Benarés es que
“no se refiere a ningún trascendental e ignora las cuestiones metafísicas”. Sobre esto, Buddha se
explicaba con una parábola: un hombre es herido por una flecha, pero antes que
se la arranquen, quiere conocer el nombre, la edad y la casta de quien lo ha
herido, a qué familia pertenece, cuál es su historia, etcétera. Pensar así es correr
riesgo de muerte. El budismo no nos explica la razón por la que se enterró la
flecha, ni de dónde vino, enseña a curarnos de su herida.
Dada la importancia de
este Sutra, a continuación haré una pequeña exposición de sus puntos más
importantes.
Sutra
de Benarés
El
camino medio
Antes de exponer las Cuatro Nobles
Verdades como tal, Buddha les recomendó a los cinco bhikkhūs evitar los
extremos, no sólo en cuanto a prácticas monásticas o ascéticas, sino aplicado a
todas las esferas de la vida. Procurando esa vía media es como él había llegado
a despertar:
“Se
dice -en una versión tradicional- que
Siddattha, en sus extremas prácticas de ascetismo, después de algunos días sin
comer ni beber agua, pocos minutos antes de su muerte, escuchó a un maestro que
estaba enseñándole a una niña a tocar la cítara. Dicho maestro le dijo que si
la cuerda estaba muy floja no sonaría, pero si la cuerda de la cítara se
encontraba muy tensa se rompería: la cuerda debía estar en su justa tensión
para que pudiera producir música y armonía. En ese momento Siddattha comprendió
el camino medio: tanto el ascetismo extremo como la vida de lujos y placeres
del palacio eran dos extremos, y la verdad se hallaría en la justa medida entre
el placer exacerbado y el ascetismo extremo. (…) El mundo se apega
sucesivamente a la existencia y a la no existencia: todo existe (he aquí un
extremo), nada existe (he aquí el otro), pero quien posee la recta visión de
las cosas tal cual son, no afirma que las cosas no existen, por cuanto son
producidas, ni que existen, puesto que perecen”.
Desde este punto de vista el budismo
afirma al mismo tiempo la existencia y no existencia del yo. Nuestra identidad está
en constante cambio (tanto a nivel físico como mental) y somos el resultado de
la combinación de los cinco agregados: “a la impermanencia de
las cosas corresponde y responde una impermanencia del yo que cambia y se
renueva de instante en instante”. Reflexionar sobre esto
hasta entenderlo (o comenzar a entenderlo) es el preámbulo para las Nobles
Verdades.
La
noble verdad del sufrimiento
El sufrimiento (dukkhā) es una experiencia común a todos los seres vivos; en ese
sentido, nos acerca a todas las criaturas: los vivos somos hermanos en el dolor.
La primera Noble Verdad dice que “El nacimiento es sufrimiento, la vejez es
sufrimiento, la enfermedad es sufrimiento, la muerte es sufrimiento (…)
asociarse con lo indeseable es sufrimiento, separarse de lo deseable es
sufrimiento, no obtener lo deseado es sufrimiento”.
Para el budismo todos los
eventos están relacionados en una red infinita, cada ser o fenómeno del
universo depende de los otros seres y fenómenos. Cualquier momento o punto del
cosmos supone todo el cosmos y su pasado y su futuro. Nada está aislado. A esto
el budismo le llama “el origen dependiente”. El nacimiento es sufrimiento
porque ese momento implica todo el dolor de la vida: la vejez, la enfermedad y
la muerte.
Que la vejez y la
enfermedad sean sufrimiento es evidente, pero para un budista el sufrimiento no
se limita únicamente al dolor físico (“asociarse con lo indeseable es
sufrimiento, separarse de lo deseable es sufrimiento, no obtener lo deseado es
sufrimiento”), también las sensaciones agradables son dukkhā. No porque la felicidad o la alegría sean sufrimiento o
dolorosas en sí mismas, sino porque lo que está sujeto a un surgir está sujeto
a un cesar. Apegarse al placer y a la
alegría es sufrimiento porque ningún ser puede permanecer en esos estados para
siempre. De hecho, el creer que somos alguien, que existe un “yo” que se alegra
o se entristece, es el sufrimiento.
Como ya mencioné, de
acuerdo con el budismo nuestra identidad está en constante cambio, es una
sucesión de agregados y fenómenos determinados por una larga cadena de causas y
efectos, detrás de esos cambios de ánimo, de pensamientos y de células no queda
una entidad que podamos reconocer como sustancial, no hay un “yo” propiamente
dicho, lo que hay (en dado caso) sólo son “presentes sucesiones de difunto”
como escribió Quevedo. El apego a esta identidad individual es lo que el
budismo, de manera más profunda, identifica con el sufrimiento. Así nos podemos
dar una idea de lo integrado que está el dukkhā
en nuestra existencia y hasta qué punto estamos presos en él. Podríamos decir
que el sufrimiento es lo más íntimo (o una parte de lo más íntimo) que tenemos.
La
noble verdad del origen del sufrimiento
Después de decirnos que el sufrimiento es
apego, en la segunda noble verdad nos explica que el origen del apego (es
decir, el origen del sufrimiento) es el deseo. Quizá se pueda resumir así: el
sufrimiento es apego, el apego es deseo. Taṇhā
es la palabra en pali que describe esta sed de la que surge la existencia
“y halla deleite continuamente aquí y allí. Es esta sed, ese deseo, esa avidez,
que manifestándose de diversas maneras, hace surgir todas las formas de
sufrimiento, así como la continuidad de los seres”. Este concepto no se limita al apego por los
placeres de los sentidos, también incluye el apego a ideas, creencias,
emociones, cualquier cosa. El Sutra de Benarés describe así los tipos de apego:
ansia por el placer (kamā-taṇhā),
ansia por la existencia o deseo por mantener la vida, también incluye la
ambición por convertirnos en algo (bhava-taṇhā)
y ansia por la no existencia (vibha-taṇhā).
Esas tres formas de taṇhā son lo que
pone a girar la rueda del saṃsara que
condiciona la existencia y el devenir de todos los seres y del universo. El
deseo mueve a los seres del mundo.
El deseo en sí mismo no
causa sufrimiento (muchos deseos son necesarios para seguir vivos), es el apego
al deseo el que lo causa. Lo mejor sería relacionarnos con las experiencias y los
deseos igual que la flor con la abeja: dejar que se acerquen y dejar que se
vayan.
La
noble verdad del cese del sufrimiento
A causa del deseo y de la conciencia
individual, la vida es sufrimiento y este sufrimiento tiene su origen en el
apego (el apego al deseo, el apego a nuestra repulsión al dolor y el apego a
nuestra conciencia individual); justamente la tercera Noble Verdad dice que el
sufrimiento desaparece si desaparece el apego. El deseo en sí mismo no causa
sufrimiento, sino apegarnos al deseo. El budismo propone estudiar este apego,
como una manera de empezar a librarnos de él. Al conocerlo más podemos
identificarlo en la vida cotidiana y no dejarnos vencer por él tan fácil. El
budismo no aconseja huir del dolor (ni tampoco buscarlo), más bien verlo a los
ojos y dejarlo estar, como cualquier otra sensación transitoria y no
identificarnos con él. La comprensión de esta Noble Verdad (al igual que las
otras) sólo se puede alcanzar en la experiencia. Hay que practicar el estudio
de la impermanencia y el estudio del apego, conocerlos de forma intuitiva, no
sólo con la razón.
Todo se trata de dejar ir
el deseo. La forma más plena de esto es el ‘Nirvana’ la cesación completa de
sufrimiento. En sánscrito nirvāna (en
pali nibbāna) significa el apagarse,
la extinción: el sentido budista del
término es la extinción del deseo. “Si dejas ir un poco, tendrás un poco de
paz. Si dejas ir mucho, tendrás mucha paz. Si dejas ir completamente tendrás
paz completa”.
El nirvana sucede afuera de todos los
lenguajes y es esencialmente indescriptible e intransferible, cada uno tiene
que buscarlo y vivirlo: es lo incondicionado. Una parábola (atribuida al
místico bengalí Sri Ramakrishna) a la que suelen recurrir
los libros sobre budismo cuando tienen que hablar sobre el nirvana es la
siguiente: una muñeca de sal quería conocer la profundidad del océano. Descendió
y se desvaneció en el agua. Entonces la muñeca de sal y la profundidad del mar
fueron inseparables e indistinguibles.
La
noble verdad del camino que conduce a la cesación del sufrimiento
La cuarta Noble Verdad habla sobre cómo
cultivar el nirvana, cómo practicar la liberación del sufrimiento. Es un camino
espiritual de ocho puntos que tradicionalmente se dividen en tres grupos:
Sabiduría (entendimiento correcto, intención correcta), moralidad (lenguaje
correcto, acción correcta, modo de vida correcto) y concentración (esfuerzo
correcto, atención correcta, concentración correcta).
El grupo relacionado con
la sabiduría (paññā) incluye al recto
entendimiento y la recta intención. El primero tiene que ver con comprender el
karma, la impermanencia y el apego, entender las Cuatro Nobles Verdades. La
recta intención es cultivar la renuncia y la bondad, la armonía con los demás
seres.
El grupo de la moralidad
(sīla) tiene que ver con el cuerpo y
el lenguaje, con las acciones y como se relaciona uno con los demás. Básicamente
trata sobre evitar la violencia en el modo de ganarse la vida (no comerciar con
veneno o armas, por ejemplo) y en el lenguaje (evitar mentir y ofender). Vivir,
comportarse, trabajar y comunicarse pacíficamente.
El tercer grupo, de la
concentración (samādhi) se desarrolla
meditando y tiene que ver con la purificación de la mente: recto esfuerzo,
recta atención y recta concentración.
Después de esa primera
enseñanza en el Parque de los Venados de Benarés, el Buddha predicó durante 45
años, hasta su muerte.