martes, 26 de marzo de 2019

capitulito sobre budismo mahayana


Al morir Siddartha no dejó ningún un poder central o una autoridad cuya voluntad fuera la última palabra para la comunidad, en cambio dijo que en su lugar se quedaban los sutras, la enseñanza. Al no tener una estructura centralizada, el budismo ha sido muy diverso desde sus inicios.
A los tres meses de la muerte del Buddha, en 483 a. C., Mahā-Kaśyapa, cuyo estado de iluminación fue reconocido por Siddartha mismo y a quien dejó como preceptor de la comunidad de monjes, convocó el primer concilio budista (saṃgīti). Duró cerca de siete meses y en ellos se recitaron los sutras y las reglas monásticas. No olvidemos que en este punto de su historia el budismo era una tradición oral y la conservación de los textos se repartió entre aquellos que memorizaron los diálogos (sūtra) y quienes memorizaron las reglas monásticas (vinaya). Sin embargo, no todas las comunidades de monjes que se crearon después del concilio conservaban los mismos sutras ni seguían el mismo código de conducta, aunque compartían el mendigar la comida y llevar una vida itinerante, estableciendo campamentos sólo durante la época de lluvias[1]. Esta forma de vida tan sencilla hace casi imposible encontrar vestigios arqueológicos de esa época tan temprana del budismo. Los documentos que hacen referencia a este periodo fueron escritos casi cinco siglos después y los datos que proveen están viciados por los intereses y el perfil particular de la secta que los produjo[2]. Aun así, sabemos que hubo un segundo concilio, cien años después del primero, para discutir sobre los monjes de la tribu Vriji de Vaiśālī, quienes recibían ofrendas de oro y plata de los creyentes laicos. Estos monjes Vriji argumentaban que las condiciones en su ciudad habían cambiado y necesitaban reglas monásticas que se adaptaran a su nueva circunstancia, los monjes más ancianos condenaron estas prácticas y a la larga, este enfrentamiento contra un modelo conservador conduciría al primer cisma de la comunidad budista[3].
Ya comenté que es poca la información sobre este periodo, pero al parecer la primera escisión registrada sucedió entre aquellos pertenecientes a la llamada “gran comunidad” (los mahāsaṁghika) y los denominados “antiguos” (sthavira). La escuela Lokottaravāda era del primer grupo, al segundo correspondía la escuela Theravāda, que es conocida como “la palabra de los viejos” y que se puede identificar con el llamado Hinayana o el Pequeño vehículo, diferente a lo que después se conocería como mahāyāna o Gran vehículo[4].
Lo que produjo esta escisión fue que la escuela mahāsaṁghika cambió el ideal del arhat por el de Bodhisattva. Arhat es como se le conocía en el budismo más primitivo a quien seguía y practicaba la enseñanza del Buddha con el fin del liberarse (personalmente) del saṁsāra; el bodhisattva sería un arhat que decide retardar su liberación, es decir seguir renaciendo una y otra vez hasta que haya liberado a todos los seres sintientes, por lo que se considera que nunca terminará de extinguirse, pues los seres son innumerables. Esta modificación será esencial para lo que después se conocerá con el nombre de budismo mahāyāna.
En sus inicios, alrededor del siglo I de nuestra era, lo que después será el mahāyāna comenzó como un movimiento desperdigado por toda la India, en un contexto monástico. En este momento se podía participar del mahāyāna aun dentro de un grupo que no lo fuera, sin que hubiera una separación dentro de la comunidad de monjes. Poco a poco, el mahāyāna produjo o sacó a la luz varios textos que se hacían pasar por la palabra del Buddha (buddhavacana) aunque lo más probable es que hayan sido redactados con siglos de posterioridad a la muerte de Siddartha.
La explicación que se daba sobre el tiempo que estos sutras habían permanecido ocultos, algunos la basaban en el Siṃsapā sutta, donde se cuenta que mientras el Buddha estaba con sus discípulos en un bosque, tomó un puñado de hojas en su mano y les preguntó: ¿Cuáles son más numerosas, las pocas hojas que he tomado en mi mano o las de los árboles del bosque? A lo que los bhikkhūs respondieron que las del bosque eran más numerosas. “Así también, bhikkhūs, las cosas que he conocido mediante el conocimiento directo son más; las que os he enseñado son sólo unas pocas”[5].
Algunas escuelas decían que los sutras mahāyāna explicaban las enseñanzas esotéricas, conocidas desde el principio, porque Buddha sabía que era conocimiento muy profundo y sería malinterpretado por los oyentes de su tiempo. Después de pronunciar estos sutras, tenían que desaparecer hasta el momento en que pudieran ser revelados[6]. Algunos de estos sutras secretos se escondieron en algún cielo o cuevas, a veces en un cofre de piedras preciosas situado en el fondo del mar y protegido por dragones, podían ser oídos de forma milagrosa, y puestos por escrito por alguien con el poder de la clariaudiencia. Además de la figura del Bodhisattva, en estos sutras también se habla sobre la doctrina del vacío (Prajñaparamita sutra) y temas que para oídos occidentales se parecen mucho a los tratados por la metafísica, cosa que en el primer periodo del budismo era dejada de lado. 
Esta fue la forma de budismo que más se popularizó fuera de India; se arraigó, modificándose según las tradiciones e idiosincrasia de cada lugar, en Tíbet, Korea y China. Los budismos Chan y Tibetano tienen su raíz en el budismo mahayana.




[1] Juan Arnau, “¿Qué fue el budismo mahāyāna?”, artículo en PDF consultado en línea el 13/02/2019, http://revistas.ucm.es/index.php/ILUR/article/viewFile/37691/36473, p. 2
[2] Edward Conze, Breve historia del budismo, trad. Mauro Hernández, Madrid, Alianza, 1983, p. 18)
[3] Ado Parakranabahu, Op.cit., pp. 254-255.
[4] Los primeros textos que pueden considerarse mahāhāyana, los sūtra de la prajñāpāramitā, (…) expresaban cierta afinidad con algunas de las ideas que probablemente fueron desarrolladas por la escuela lokottaravāda de los mahāsaṁghika. (Juan Arnau, Op. cit., p. 3.)
[5] Siṃsapā sutta en Ado Parakranabahu (trad.), Op.cit., p. 246.
[6] Donald S. Loéz, El buddhismo. Introducción a su historia y sus enseñanzas, trad. Ferran Mestanza, Barcelona, Kairós, 2009, p. 111.

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