martes, 26 de marzo de 2019

capitulito sobre el sutra de benarés


Una noche de luna llena, a finales de abril o principios de mayo, hace más de 2500 años, Siddharta Gautama, un príncipe (que había renunciado tanto al palacio como al ascetismo) sentado en posición de loto (al pie de un árbol) se iluminó. Vio claramente la naturaleza del dolor, del karma y de la mente. Poco después, en Benarés, en el Parque de los venados, Siddharta ahora convertido en Buddha, frente a un grupo de cinco ascetas (bhikkhūs) de quienes había sido compañero, expuso las Cuatro Nobles Verdades y el Camino Medio, la vía que él había seguido hacia la iluminación. También les predicó que la identidad individual, eso que llamamos “yo”, es sólo un sueño impermanente (como todo en el universo y el universo mismo). Ese día quedaron realizadas las tres joyas del budismo: el Buddha, la enseñanza (dharma) y la comunidad de practicantes (sangha) y “se puso en movimiento la rueda del dharma”.  Así comienza la historia del budismo.
Sin embargo, la historia del Buddha Sakyamuni o Buddha histórico empezó antes. La leyenda cuenta que una reina, alrededor del siglo VI a.C., tuvo un sueño en el que un elefante blanco de seis colmillos entraba por su costado sin provocarle dolor. Los astrólogos y sabios le dijeron al rey que su esposa estaba embarazada y que su hijo crecería para realizar uno de dos destinos posibles: ser dueño del mundo o un iluminado que liberaría a los seres del sufrimiento. El rey quería que su hijo fuera poderoso y durante años el príncipe fue recluido en un palacio, donde se casó y vivió rodeado de lujos y placer. Hasta que un día salió en su carruaje y conoció la vejez, la enfermedad, la muerte y la renuncia. Entonces abandonó el palacio y a su familia (su hijo acababa de nacer) y se fue a buscar la liberación con los ascetas, lejos de la ciudad. Después de un tiempo de mortificaciones (en el que llegó a dominar técnicas de meditación muy avanzadas) su cuerpo era un esqueleto lejos del nirvana, por lo que decidió dejar a sus maestros y buscar el camino solo. Se sentó a meditar al pie de un árbol y prometió no levantarse hasta lograr la iluminación. Después de encontrarla aquella noche de luna llena, se dedicó a predicar el dharma hasta su muerte, cuando tenía 80 años.
A lo largo de 2500 años, el budismo ha cambiado mucho y tomado distintas formas, sin embargo hay un núcleo que se mantiene y que podemos identificar en todas sus manifestaciones. Este núcleo es el Sutra de Benarés, el primer discurso que Buddha pronunció frente a los 5 bhikkhūs (se dice que así como la huella de cualquier animal cabe en la pisada del elefante, la enseñanza del Buddha cabe en las Cuatro Nobles Verdades):

 “Estos dos extremos, bhikkhūs, no deberían ser seguidos por un renunciante. Uno de estos extremos es la adicción a los placeres sensuales (…); el otro extremo es la adicción a la mortificación (…). No siguiendo estos dos extremos, el Tathāgata ha comprendido perfectamente el camino medio, que genera la visión, que genera el entendimiento, que conduce a la paz, que conduce a la sabiduría, que conduce a la Iluminación y que conduce al Nirvana.
(…)  
Esta, bhikkhūs, es la Noble Verdad del Sufrimiento. El nacimiento es sufrimiento, la vejez es sufrimiento, la enfermedad es sufrimiento, la muerte es sufrimiento. La pena, el lamento, el dolor, el pesar y la desesperanza son sufrimiento, asociarse con lo indeseable es sufrimiento, separarse de lo deseable es sufrimiento, no obtener lo deseado es sufrimiento. En resumen, los cinco agregados de la adherencia son sufrimiento
Esta, bhikkhūs, es la Noble Verdad del Origen del Sufrimiento.
Es este deseo que genera nueva existencia, que asociado con placer y pasión se deleita aquí y allí. Es decir, el deseo sensual, el deseo por la existencia y el deseo por la no existencia.
Esta, bhikkhūs, es la Noble Verdad de la Cesación del Sufrimiento.
Es la total extinción y cesación de ese mismo deseo, abandono, descarte, liberación, no dependencia.
Esta, bhikkhūs, es la Noble Verdad del Camino que conduce a la Cesación del Sufrimiento.
Solo este Noble Óctuple sendero, es decir, recto entendimiento, recto pensamiento, recto lenguaje, recta acción, recta vida, recto esfuerzo, recta atención y recta concentración”[1].

Esto es la matriz del budismo: buscar el punto medio, entender que el deseo es sufrimiento y practicar el Noble óctuple sendero que conduce a la liberación. Cada una de las Cuatro nobles verdades corresponde respectivamente, a la enfermedad (el sufrimiento), el diagnóstico (el origen del sufrimiento), la curación (el cese del sufrimiento) y el tratamiento (Noble óctuple sendero). Otro punto importante sobre el Sutra de Benarés es que “no se refiere a ningún trascendental e ignora las cuestiones metafísicas”[2]. Sobre esto, Buddha se explicaba con una parábola: un hombre es herido por una flecha, pero antes que se la arranquen, quiere conocer el nombre, la edad y la casta de quien lo ha herido, a qué familia pertenece, cuál es su historia, etcétera. Pensar así es correr riesgo de muerte. El budismo no nos explica la razón por la que se enterró la flecha, ni de dónde vino, enseña a curarnos de su herida.
Dada la importancia de este Sutra, a continuación haré una pequeña exposición de sus puntos más importantes.

Sutra de Benarés

El camino medio

Antes de exponer las Cuatro Nobles Verdades como tal, Buddha les recomendó a los cinco bhikkhūs evitar los extremos, no sólo en cuanto a prácticas monásticas o ascéticas, sino aplicado a todas las esferas de la vida. Procurando esa vía media es como él había llegado a despertar:

“Se dice -en una versión tradicional-  que Siddattha, en sus extremas prácticas de ascetismo, después de algunos días sin comer ni beber agua, pocos minutos antes de su muerte, escuchó a un maestro que estaba enseñándole a una niña a tocar la cítara. Dicho maestro le dijo que si la cuerda estaba muy floja no sonaría, pero si la cuerda de la cítara se encontraba muy tensa se rompería: la cuerda debía estar en su justa tensión para que pudiera producir música y armonía. En ese momento Siddattha comprendió el camino medio: tanto el ascetismo extremo como la vida de lujos y placeres del palacio eran dos extremos, y la verdad se hallaría en la justa medida entre el placer exacerbado y el ascetismo extremo. (…) El mundo se apega sucesivamente a la existencia y a la no existencia: todo existe (he aquí un extremo), nada existe (he aquí el otro), pero quien posee la recta visión de las cosas tal cual son, no afirma que las cosas no existen, por cuanto son producidas, ni que existen, puesto que perecen”[3].

Desde este punto de vista el budismo afirma al mismo tiempo la existencia y no existencia del yo. Nuestra identidad está en constante cambio (tanto a nivel físico como mental) y somos el resultado de la combinación de los cinco agregados[4]: “a la impermanencia de las cosas corresponde y responde una impermanencia del yo que cambia y se renueva de instante en instante”[5]. Reflexionar sobre esto hasta entenderlo (o comenzar a entenderlo) es el preámbulo para las Nobles Verdades.


La noble verdad del sufrimiento

El sufrimiento (dukkhā) es una experiencia común a todos los seres vivos; en ese sentido, nos acerca a todas las criaturas: los vivos somos hermanos en el dolor. La primera Noble Verdad dice que “El nacimiento es sufrimiento, la vejez es sufrimiento, la enfermedad es sufrimiento, la muerte es sufrimiento (…) asociarse con lo indeseable es sufrimiento, separarse de lo deseable es sufrimiento, no obtener lo deseado es sufrimiento”.
Para el budismo todos los eventos están relacionados en una red infinita, cada ser o fenómeno del universo depende de los otros seres y fenómenos. Cualquier momento o punto del cosmos supone todo el cosmos y su pasado y su futuro. Nada está aislado. A esto el budismo le llama “el origen dependiente”[6]. El nacimiento es sufrimiento porque ese momento implica todo el dolor de la vida: la vejez, la enfermedad y la muerte.
Que la vejez y la enfermedad sean sufrimiento es evidente, pero para un budista el sufrimiento no se limita únicamente al dolor físico (“asociarse con lo indeseable es sufrimiento, separarse de lo deseable es sufrimiento, no obtener lo deseado es sufrimiento”), también las sensaciones agradables son dukkhā. No porque la felicidad o la alegría sean sufrimiento o dolorosas en sí mismas, sino porque lo que está sujeto a un surgir está sujeto a un cesar.  Apegarse al placer y a la alegría es sufrimiento porque ningún ser puede permanecer en esos estados para siempre. De hecho, el creer que somos alguien, que existe un “yo” que se alegra o se entristece, es el sufrimiento.
Como ya mencioné, de acuerdo con el budismo nuestra identidad está en constante cambio, es una sucesión de agregados y fenómenos determinados por una larga cadena de causas y efectos, detrás de esos cambios de ánimo, de pensamientos y de células no queda una entidad que podamos reconocer como sustancial, no hay un “yo” propiamente dicho, lo que hay (en dado caso) sólo son “presentes sucesiones de difunto” como escribió Quevedo. El apego a esta identidad individual es lo que el budismo, de manera más profunda, identifica con el sufrimiento. Así nos podemos dar una idea de lo integrado que está el dukkhā[7] en nuestra existencia y hasta qué punto estamos presos en él. Podríamos decir que el sufrimiento es lo más íntimo (o una parte de lo más íntimo) que tenemos[8].


La noble verdad del origen del sufrimiento

Después de decirnos que el sufrimiento es apego, en la segunda noble verdad nos explica que el origen del apego (es decir, el origen del sufrimiento) es el deseo. Quizá se pueda resumir así: el sufrimiento es apego, el apego es deseo. Taṇhā es la palabra en pali que describe esta sed de la que surge la existencia “y halla deleite continuamente aquí y allí. Es esta sed, ese deseo, esa avidez, que manifestándose de diversas maneras, hace surgir todas las formas de sufrimiento, así como la continuidad de los seres”[9].  Este concepto no se limita al apego por los placeres de los sentidos, también incluye el apego a ideas, creencias, emociones, cualquier cosa. El Sutra de Benarés describe así los tipos de apego: ansia por el placer (kamā-taṇhā), ansia por la existencia o deseo por mantener la vida, también incluye la ambición por convertirnos en algo (bhava-taṇhā) y ansia por la no existencia (vibha-taṇhā). Esas tres formas de taṇhā son lo que pone a girar la rueda del saṃsara que condiciona la existencia y el devenir de todos los seres y del universo. El deseo mueve a los seres del mundo.
El deseo en sí mismo no causa sufrimiento (muchos deseos son necesarios para seguir vivos), es el apego al deseo el que lo causa. Lo mejor sería relacionarnos con las experiencias y los deseos igual que la flor con la abeja: dejar que se acerquen y dejar que se vayan. 


La noble verdad del cese del sufrimiento

A causa del deseo y de la conciencia individual, la vida es sufrimiento y este sufrimiento tiene su origen en el apego (el apego al deseo, el apego a nuestra repulsión al dolor y el apego a nuestra conciencia individual); justamente la tercera Noble Verdad dice que el sufrimiento desaparece si desaparece el apego. El deseo en sí mismo no causa sufrimiento, sino apegarnos al deseo. El budismo propone estudiar este apego, como una manera de empezar a librarnos de él. Al conocerlo más podemos identificarlo en la vida cotidiana y no dejarnos vencer por él tan fácil. El budismo no aconseja huir del dolor (ni tampoco buscarlo), más bien verlo a los ojos y dejarlo estar, como cualquier otra sensación transitoria y no identificarnos con él. La comprensión de esta Noble Verdad (al igual que las otras) sólo se puede alcanzar en la experiencia. Hay que practicar el estudio de la impermanencia y el estudio del apego, conocerlos de forma intuitiva, no sólo con la razón.
Todo se trata de dejar ir el deseo. La forma más plena de esto es el ‘Nirvana’ la cesación completa de sufrimiento. En sánscrito nirvāna (en pali nibbāna) significa el apagarse, la extinción[10]: el sentido budista del término es la extinción del deseo. “Si dejas ir un poco, tendrás un poco de paz. Si dejas ir mucho, tendrás mucha paz. Si dejas ir completamente tendrás paz completa”[11]. El nirvana sucede afuera de todos los lenguajes y es esencialmente indescriptible e intransferible, cada uno tiene que buscarlo y vivirlo: es lo incondicionado. Una parábola (atribuida al místico bengalí Sri Ramakrishna[12]) a la que suelen recurrir los libros sobre budismo cuando tienen que hablar sobre el nirvana es la siguiente: una muñeca de sal quería conocer la profundidad del océano. Descendió y se desvaneció en el agua. Entonces la muñeca de sal y la profundidad del mar fueron inseparables e indistinguibles.


La noble verdad del camino que conduce a la cesación del sufrimiento

La cuarta Noble Verdad habla sobre cómo cultivar el nirvana, cómo practicar la liberación del sufrimiento. Es un camino espiritual de ocho puntos que tradicionalmente se dividen en tres grupos: Sabiduría (entendimiento correcto, intención correcta), moralidad (lenguaje correcto, acción correcta, modo de vida correcto) y concentración (esfuerzo correcto, atención correcta, concentración correcta).
El grupo relacionado con la sabiduría (paññā) incluye al recto entendimiento y la recta intención. El primero tiene que ver con comprender el karma, la impermanencia y el apego, entender las Cuatro Nobles Verdades. La recta intención es cultivar la renuncia y la bondad, la armonía con los demás seres.
El grupo de la moralidad (sīla) tiene que ver con el cuerpo y el lenguaje, con las acciones y como se relaciona uno con los demás. Básicamente trata sobre evitar la violencia en el modo de ganarse la vida (no comerciar con veneno o armas, por ejemplo) y en el lenguaje (evitar mentir y ofender). Vivir, comportarse, trabajar y comunicarse pacíficamente.
El tercer grupo, de la concentración (samādhi) se desarrolla meditando y tiene que ver con la purificación de la mente: recto esfuerzo, recta atención y recta concentración.
Después de esa primera enseñanza en el Parque de los Venados de Benarés, el Buddha predicó durante 45 años, hasta su muerte.


[1] “Discurso de la puesta en movimiento de la rueda de la doctrina” en El sutra de Benarés, Ado Parakranabahu (trad. y comentarios), Barcelona, Kairós, 2014, pp. 248-249.
[2] Dominique Dussaussoy, El budismo zen, Isabel Vericat Núñez (trad.), México, Siglo XXI, p. 13.
[3] Ado Parakranabahu, “El camino medio” en Op.cit., p. 66-67.
[4] De acuerdo con la filosofía budista, un individuo, o yo, es sólo una combinación de energías físicas y mentales en constante cambio, las cuales pueden dividirse en cinco agregados (pañcakkhandha). Los cinco agregados son la suma total de lo que somos. Es básico entender los agregados para apreciar la totalidad del sufrimiento que experimentamos. Yo sufro, pero ¿quién es el yo que experimenta el sufrimiento? Según el Buddha, no somos más que nuestro cuerpo y nuestra mente. Tradicionalmente, estos dos componentes se dividen en: forma, sensación, percepción o discernimiento, construcciones mentales y conciencia. Todos ellos son impermanentes y constituyen un flujo momentáneo que surge y cesa (Parakranabahu, Ibid, pp. 108-112) Cfr.: “Lo que llamamos persona o individuo no constituye una realidad última (paramārtha). Se trata más bien de una realidad convencional (saṁvṛti), un objeto verbal, un nombre sobreimpuesto a toda una serie de estados psicofísicos, transitorios y fugaces. Los constituyentes de dicha “persona” son cinco: el organismo físico (rūpa), las sensaciones (vedanā), las ideas (samjñā), las intenciones (saṁskāra) y la percepción cognitiva (vijñāna). Ninguno de ellos por separado ni todos en su conjunto constituyen una realidad permanente sino que, surgiendo y desapareciendo a gran velocidad, estos factores se enlazan en continuidad formando una cadena que crea eso que convencionalmente llamamos individuo. Esta cadena no se interrumpe con la muerte sino que sus efectos se proyectan sobre sucesivos renacimientos guiados por la ley del “surgimiento condicionado” Juan Arnau, “¿Qué fue el budismo mahāyāna?”, artículo en PDF consultado en línea el 13/02/2019, http://revistas.ucm.es/index.php/ILUR/article/viewFile/37691/36473, p. 7)
[5] Dominique Dussaussoy, Op. cit., p. 14.
[6] Ado Parakranabahu, Op.cit., p. 94.
[7] “La palabra dukkhā se compone de la raíz du-, que significa “malo, vil, desagradable” y la sílaba khaṃ-, que significa “vacío”. Por tanto, dukkhā, etimológicamente, sería “lo malo que está vacío” (Parakranabahu, Ibid, p. 98)
[8]Nuestro cuerpo, nuestro espíritu, existen eternamente. Son ku, es decir nada, y este nada es todo, es decir, el universo” (Taisen Deshimaru, La práctica del zen, trad. Nieves Samblancat y Pere Rovira, Barcelona, Kairós, p. 77)
[9] Ado Parakranabahu, Ibid, p. 120.
[10] Ado Parakranabahu, Ibid, p. 72.
[11] Ajahn Chah citado por A. Parakranabahu, Ibid, p. 141.
[12] Ado Parakranabahu, Ibid, p. 73.

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