2.1 Características
del arte wabi sabi
Después de explicar los puntos esenciales del budismo
y las particularidades del budismo zen, en este apartado veremos cómo esto se
expresa en el arte wabi sabi. A manera de recordatorio, enumeraré algunos
puntos del budismo importantes para este capítulo: todos los seres y fenómenos
son transitorios; nuestra identidad individual también es un fenómeno; el
lenguaje y la razón impiden que percibamos la realidad tal cual es; no existe
una diferencia esencial entre el observador y lo observado, ambos son
igualmente vacío; fealdad o belleza, perfección e imperfección sólo existen
como conceptos en la mente humana, esas dualidades no son parte de la realidad
como tal.
Aunque normalmente las palabras wabi y sabi se usan como binomios y en la mente japonesa un término evoca
al otro aun si no está explícito, la palabra wabi tiene que ver con un espíritu de pobreza elegida, que rechaza
el lujo y la ostentación en pos de cultivar el espíritu. El sabi es un sentimiento parecido a una
melancolía serena, que acepta la desaparición de todo; es el sentimiento de
alguien que agradece la fortuna de percibir este mundo antes de que vuelva inevitablemente
a la nada. Como veremos más adelante en este capítulo, el artista wabi sabi
expresa, con materiales pobres y pretensiones humildes, su maravilla por el
mundo y su empatía con los seres. En el Dictionary
of Japanese Architectural and Art Historical Terminology encontramos el
origen de los vocablos wabi sabi, antes que el zen los hiciera suyos:
wabi わび Deriving from the verb wabu わぶ (to languish) and the adjective wabishi わびし (spiritual loneliness), wabi was used
first in early poetry to describe the 'despair of a forlorn lover' and later
came to denote the barren circumstances of the poet-recluse, it was not truly
influential until it was absorbed into the ideal of sabi さび.
The originally negative connotations changed with the development particularly
under Zen 禅 Buddhist influences of a positive view of seclusion
from the mundane in the locus of the hermit's hut.[1]
sabi さび The noun sabi derives from the verb sabu 寂ぶ
(to wane) and the adjective sabishii 寂しい (lonely), and also sounds the same as the
noun sabi 錆び meaning rust or an aged quality. Fujiwara Shunzei 藤原俊成
(1114-1204) used sabi as a critical quality to judge in poetry, where it
referred to a mood of desolation.[2]
Cuando
Andrew Juniper habla de la palabra wabi señala lo importante que era para el
ideal zen “encontrar la paz y la armonía en una vida de lo más sencilla”[3],
luego da su definición personal de wabi sabi, la más precisa que conozco (los
maestros wabi sabi siempre se negaron a definir qué es wabi sabi de manera
directa o formal, respondían con poemas o de manera enigmática):
El wabi
sabi es una intuitiva apreciación de la belleza evanescente del mundo físico
que refleja el irresistible fluir de la vida en el mundo espiritual. Es una
comprensión de la belleza que reside en lo modesto, lo rústico y lo imperfecto,
o incluso en lo decadente, una sensibilidad estética que halla una melancólica
belleza en la impermanencia de las cosas.[4]
Como en
muchos momentos de la historia del budismo, los historiadores del wabi sabi
carecen de documentos que puedan usar para dar fechas precisas y armar relatos
únicos sobre el inicio del wabi sabi. Quedaron pocos vestigios. Quizá en parte
se deba a que no es un arte esencialmente pensado para durar, una
característica entre otras, como veremos, que lo distingue del arte típicamente
occidental. Algunos creen que el wabi sabi comenzó a germinar cuando los
templos budistas dejaron de recibir dinero y debían causar una impresión
agradable en los huéspedes, al carecer de obras de arte u objetos de gran
valor, adornaban con flores y objetos naturales, como bambúes, piedras o flores
silvestres.[5]
Durante el Japón medieval, algunos templos zen tenían escuelas, una de las
pocas oportunidades de educación en esa época. Por medio de éstas, algunos
aspectos de la cultura zen, tales como la poesía, la pintura y el té, quedaron
en el inconsciente y en la sensibilidad del pueblo japonés. Entre los siglos
XVI y XVII, después de disputas políticas y revueltas civiles y militares, durante
el periodo Tokugawa, el zen fue reemplazado por el neo-confucianismo como doctrina
hegemónica del poder en turno, y la educación estuvo a cargo de ellos. La
pérdida del favor político también significó la pérdida del mecenazgo
artístico. Esto lejos de empobrecer la producción, la impulsó: los monjes
comenzaron a hacer un arte más íntimo, que expresara sus experiencias
espirituales personales o que ayudara en su camino a los monjes primerizos.
Surgió el término zenga para
hablar del arte producido por una mente iluminada.[6]
Según una famosa frase del monje Hakuin, meditar en medio de la actividad es
muchísimo mejor que meditar en la quietud. Cualquier cosa que hicieran los
monjes se podía convertir en una tarea espiritual. El cuerpo y la mente se concentran en una
sola actividad y el ego se disuelve en la acción, es entonces cuando la mente y
el cuerpo pueden laborar con verdadera naturalidad, sin juicios ni fantasmas
conceptuales que les limiten.
Este trabajo sobre el ego es una de las características más importantes que
distinguen al arte wabi sabi. No se trata del autor sino de la belleza del
mundo. He aquí una de las diferencias entre la historia del arte japonés y la
occidental: la japonesa no sólo es una tradición que le resta importancia al
autor, también durante siglos la naturaleza ha tenido un lugar central que, por
muchos siglos, en Occidente tuvo el Dios cristiano[7].
Ambas son tradiciones profundamente religiosas, pero con visiones tan distintas
de lo que es lo divino o el ser humano que sus formas de sentir y experimentar
el mundo son muy lejanas en casi todos los sentidos y en la estética esta
lejanía se hace muy evidente. La disminución del ego también tiene que ver con
otros aspectos importantes que distinguen al arte wabi sabi como la asimetría,
evitar lo grandioso y su pretensión, utilizar siempre algún material orgánico y
raramente ser simbólico. Ahora veremos estas características con más atención.
La
asimetría que aprecia el wabi sabi tiene que ver tanto con la búsqueda de
mostrar y propiciar la belleza de lo natural como con la disminución del ego:
el artista renuncia a realizar una obra “perfecta” ya que este concepto es de
la mente humana y no de la naturaleza. En ese sentido, el autor tiene la
humildad de mostrarse indiferente al resultado y aceptar la acción misma del
azar y del tiempo. En el wabi sabi la reducción del ego del artista es tal, que
se considera que una pieza wabi sabi sólo lo es si en ella intervienen, además
de la acción humana, también la de la naturaleza y del tiempo. Por ejemplo, en
la alfarería wabi sabi una de las cosas que más se aprecian son los patrones
irregulares que deja la ceniza en su movimiento dentro del horno. La asimetría
es importante en este arte porque muestra que el mundo es bello en su natural imperfección
asimétrica. En esta característica del wabi sabi se pueden ver influencias
tanto del sintoísmo como del taoísmo: por parte del sintoísmo, la idea de que
cada objeto y ser vivo tiene un kami
que debe ser respetado y que se expresa en las formas y colores del objeto
mismo (en el universo no hay dos tazas de barro o dos hojas idénticas). La
relación de la imperfección y la asimetría con el Tao es explicada de forma muy
clara en esta cita de Alan Watts:
Para el
taoísmo aquello que es absolutamente inmutable o perfecto está en el mismo
grado muerto, ya que el Tao no puede existir allí donde no hay posibilidad de
crecimiento ni de cambio. En realidad, en el universo no hay nada que sea
totalmente perfecto o inmutable, este concepto sólo existe en la mente humana[8].
La ausencia de ego también se expresa en
el rechazo a la grandiosidad. El artista wabi sabi no sólo utiliza materiales
pobres y comunes, sus temas también lo son: un bambú inclinado, un árbol de
cerezo en flor, una rana, una piedra. El wabi sabi cultiva nuestra sensibilidad
para apreciar la belleza de los elementos más simples de la vida. Es un arte
íntimamente ligado a lo cotidiano, que busca transformar la relación que
tenemos con las situaciones y objetos que aparentemente no tienen mucha o ninguna
importancia. A diferencia del arte occidental, que muchas veces muestra escenas
de la mitología o pasajes importantes en la historia política de un pueblo, el wabi
sabi se inspira en la vida de todos los días.
Un ego vacío se corresponde con
una obra desprovista de adornos. Nada más que lo esencial. En muchos momentos,
el arte occidental tiende al espectáculo, como una forma de buscar el
reconocimiento o al menos la aceptación del público. El zen pide a sus artistas
que rechacen el apego al reconocimiento, que no lo procuren como un fin. Pide
incluso que íntimamente abandonen la idea de pretensión artística (desapego al
resultado). Como veremos más adelante, muchos haikus fueron escritos en un
lenguaje deliberadamente anti-literario. Un poema sin ningún adorno, una
sensación o un puro instante apuntado para que otros lo vean, no para que
admiren los dones lingüísticos del poeta. Más que preocuparse por lo bello, el
wabi sabi quiere ser una ventana para vivir el presente. Para el zen la
diferencia entre belleza y fealdad es mental o algo parecido a una ilusión
óptica del lenguaje y para provocar el abandono de tales concepciones, el wabi
sabi las utiliza indistintamente, con el mismo valor y la misma importancia.
Aunque pena y alegría, muerte y vida, lo horrible y lo hermoso parezcan cosas
separadas, suceden dentro de un mismo Tao. Al wabi sabi no le interesa ser
bello o agradable sino ser un llamado o una forma de la iluminación.
Al querer provocar que tanto el autor como el
receptor perciban una realidad más basta trascendiendo el lenguaje (y con éste a
la razón y sus categorías), el wabi sabi huye del simbolismo, pues lo simbólico
apela al intelecto y al pensamiento racional, incluso a uno o a varios
discursos (sin mencionar que cifrar o descifrar son acciones vanidosas para el
zen). El budista quiere trascender esto, salirse del pensamiento al mundo. El
wabi sabi más que representar, muestra, señala algo del mundo[9].
Es un arte que en muchos momentos se concibe a sí mismo más como un marco que
separa una parte o una experiencia de la realidad de todo lo demás para que lo
apreciemos con atención, que lo que vemos dentro del marco como tal. El artista
wabi sabi más que crear, siente elige o separa sensaciones y momentos,
experiencias. Por ejemplo, el ikebana
(vía japonesa de las flores) tiene mucho que ver con saber elegir las flores y
cómo disponerlas en el florero, también cuidadosamente elegido. Un proceso
análogo ocurre en la jardinería zen, en la que los maestros ordenan piedras y
arbustos. Ya lo veremos más adelante,
pero el haiku, aunque podamos pensar que por ser literatura usa alegorías o
símbolos, tradicionalmente es un poema sin metáforas, que tiene que ver más con
el estado mental del haijin que con
las palabras en sí que utiliza para informarnos de ese momento. El lenguaje es
utilizado con fines prácticos, como una forma simple de referir un instante, no
depende tanto de la imaginación como de la situación en que esté el haijin. Y aun así está en una forma
literaria. Esta es una de las aparentes contradicciones que están en el centro
del wabi sabi, y que sólo son contradictorias en el lenguaje, porque en el arte
zen se resuelven sin siquiera plantearse: el wabi sabi es un arte que usa
elementos anti-artístiscos. Este es un punto donde quizá la mayoría de
occidentales sintamos cierta nostalgia o lejanía de oriente. Me detendré con
más atención en este aspecto anti-artístico del wabi sabi cuando hable de los
haikus, ahora sólo me interesaba anunciarlo.
Además de la anulación del ego, otro aspecto que
identifica al arte zen es la impermanencia; en el wabi sabi, siempre se hace
evidente de alguna forma u otra. De aquí que los materiales orgánicos sean los
favoritos de este tipo de obras: madera, plantas, tela, barro, incluso piezas
de cerámica rotas y restauradas, cualquier superficie que muestre las huellas
de los días. En el capítulo anterior vimos que para el budismo lo único real es
la impermanencia, lo demás es vacío cambiando de formas[10].
Todo el arte wabi sabi brota de esa sabiduría y es un modo de compartirla. Pero
no nos confundamos, en el zen la impermanencia no se ve sólo como algo para
lamentar, sino como un llamado a la experiencia, a estar lo más plenamente que
podamos en cada instante y saborearlo, sea dulce o amargo (en esto el wabi sabi
se parece al rasa de la India). Un
equilibrio sereno entre la pasión por vivir y el ineludible vacío. Hay una
parábola que se le atribuye a Buddha que habla de esta actitud:
Un hombre que cruzaba un campo se encontró con un tigre.
Huyó y el tigre corrió tras él. Al llegar a un precipicio se agarró a la raíz de
una vid silvestre y quedó colgando del borde. El tigre le olisqueaba desde
arriba. El hombre, tembloroso, bajó la vista y vio que muy abajo, al pie del
precipicio, otro tigre aguardaba para devorarle. Sólo la vid le sostenía.
Dos ratones, uno blanco y otro negro, se pusieron a roer
poco a poco la vid. El hombre vio una suculenta fresa cerca de él. Aferrándose
a la vid con una mano, arrancó la fresa con la otra. ¡Qué sabor tan dulce
tenía![11]
Wabi tiene que ver con una pobreza espiritualmente
elegida, Sabi es lo que nos hace
sentir lo fugaz de todo: cuando un budista zen expresa la impermanencia con
medios humildes sucede el wabi sabi.
[hablar sobre lo rústico y sobre
la inclusión del espectador en la conclusión de la obra (quizá en los
parrafitos sobre el ego) un arte sugerido, la sugerencia lo deja abierto, el
arte wabi sabi está abierto a los significados, no tiene un solo sentido
cerrado. Considerar si hablar de la inclusión del humor (porque no hay nada
sagrado) en esta parte o hasta los haikus (creo que será hasta los haikus)]
[1] Dra. Mary Neighbour Parent, Dictionary of Japanese Architectural and Art Historical Terminology,
http://www.aisf.or.jp/~jaanus/deta/w/wabi.htm, consultado en línea el
12/06/2019.
[2]
Ibid, http://www.aisf.or.jp/~jaanus/deta/s/sabi.htm
[3] Andrew Juniper, Op. cit., p. 74.
[4] Ibid, p. 78.
[5] Ibid, p. 22.
[6] Audrey Yoshiko Seo y Stephen
Addiss, The Art of Twentieth-Century Zen.
Paintings and Calligraphy by Japanese Masters, Hong Kong, Shambhala
Publications, 1998, pp. 4-5.
[7]
Michael Dunn, “Japón” en Gabriele Fahr-Becker y otros, Arte asiático (trad. Ambrosio Berasain, Alejandra Carretón y
otros), Francia, Könemann Verlagsgesellschaft, 2000, p. 499.
[8]
Ibid., p. 19.
[9] “… de lo que se trata es
de la presencia y no de la representación” la frase es de Carlos Reygadas y él
se refería a su cine, pero creo que en este contexto expresa (o ayuda a
entender) este aspecto anti-representacional del wabi sabi. Ya veremos cómo
esto en literatura también se relaciona con la desconfianza del lenguaje, tan
zen.
(Carlos Reygadas,
https://elpais.com/cultura/2019/06/20/actualidad/1561049807_845544.html,
entrevista consultada en línea el 01/07/2019)
[10]
Cfr. Sutra del corazón.
[11]
Nyogen Senzaki y Paul Reps (recop.), 101
cuentos zen, Jordi Fibla (trad.), Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2015, p.
42.
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