sábado, 6 de julio de 2019

notitas de rodríguez-izqueirdo sobre el haiku

El poeta no trata de comunicarnos su personalidad a través del haiku, sino sólo su sensación (p. 23)



… una percepción sensorial en la cual todas las cosas se unifican …

Ser objetivo sin dejar de ser subjetivo; específico pero sin perder la amplitud; sensitivo y con todo espiritual (p. 24)



… funde objeto y sujeto en la unidad indisoluble de la sensación. (p. 25)



A lo largo de la experiencia el observador no tiene conciencia de sí mismo como separado de lo que ve u oye (p. 26)



La cosa se percibe a sí misma en nosotros; nosotros la percibimos por simple autoconciencia. La alegría de la obvia reunión de nosotros mismos con las cosas (pp 27-28)



deseo de no oscurecer una cosa con palabras (…). Es en cierto modo dejar hablar a las cosas, (…) trascendidas por la humanidad del poeta (p. 29)



El haiku se ocupa sólo de la vida. Es como la flor de la existencia, y se despreocupa del más allá, pero desvela en las cosas una naturaleza divina inmanente a ellas (p. 30)



ni quiere ser literario, y ni siquiera quiere revelarse como obra de un autor, pues tiende a anular la personalidad de éste y del lector fundiéndolas en una unidad de naturaleza.

El haiku recrea la verdadera imagen de la naturaleza en la mente del lector, tal como fue experimentada por el poeta. (p. 32)



“en el Sanzooshi se afirma: la frescura es la flor del arte del haiku (…)” … Para conseguir el ideal de espontaneidad y frescura, el haiku tiene que mantenerse sobre una tensión interna que lo vivifica (…): el elemento atemporal de su forma poética y el elemento atemporal de su naturaleza íntima (p. 33)



El maestro Bashoo dijo: “Sigue a la naturaleza y vuelve a la naturaleza.” (…) “Aprende de los pinos, aprende de los bambúes. Aprender quiere decir unirse a las cosas y sentir la íntima naturaleza de esas cosas. Esto es haikai” (p. 34)



Fernando Rodríguez-Izquierdo, El haiku japonés. Historia y traducción, Madrid, Hiperión, 2010.

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