Un abad que actualmente reside en el templo Daitoki-jí, en Kioto, sugirió que uno de los primeros y verdaderos movimientos por apreciar el atractivo de los objetos humildes y rústicos procede de la época en que los monjes budistas, que solían residir en unos templos que no recibían suficientes fondos para su mantenimiento, habían de entretener a los huéspedes. Como no poseían ninguna obra de arte de gran calidad, habían de recurrir a lo que tenían a mano para causar una impresión estética agradable, por eso decoraban con objetos naturales tales como bambúes y flores silvestres, en lugar de decorarlos con unos objetos más refinados como la porcelana china.
Al hacerlo, se estaban concentrando en lo natural, lo impermanente y lo humilde, y en esos sencillos y a menudo rústicos objetos descubrieron la belleza innata de los exquisitos y caprichosos dibujos que el paso del tiempo iba dejando en ellos. Los sutiles matices de un objeto, la curvatura de un pétalo abriéndose, la grieta de un jarrón de bambú o el nudo de una vieja y deteriorada viga de madera acabaron simbolizando el mujo, el principio budista de la impermanencia y el continuo cambio. Aquellos objetos, al ser manifestaciones físicas del mujo, se convirtieron en unos vehículos para la contemplación estética. El wabi sabi era la palabra que hacía referencia a esta cualidad, de ahí que el mujo sea un aspecto característico de los objetos wabi sabi. (pp. 22-23)
La cerámica raku, que se incorporó en la ceremonia del té como una reacción ante los utensilios ornamentales chinos que usaba la nobleza, destacaba la belleza de la imperfección rústica (p. 24)
Nos enseñan que nosotros estamos separados del mundo exterior y de los elementos que no forman parte de nuestro cuerpo. Los maestros zen dicen en cambio que este concepto no es más que una ilusión y que en realidad somos todo cuanto percibimos. (…) Esta idea aprendida según la cual somos distintos de nuestro entorno es precisamente la que el zen nos dice que hemos de desaprender. Al poner en duda el concepto del yo, o del ego, en términos freudianos, el mundo adquiere una nueva dimensión en la que puede surgir un verdadero arte y una auténtica creatividad (p. 39) (cfr. con John Keats y sus ideas sobre vaciarse del yo para que sea el universo quien pase a través de nosotros. Ensayito de Luis Cernuda sobre Keats. También con el “yo es otro” de Rimbaud)
Los monjes con gran dedicación, movidos por un espíritu de serena y firme determinación, intentaban expresar el arte en todo cuanto hacían, este arte era por tanto fruto de sus concentradas mentes. Según la expresión favorita del monje Hakuin, meditar en medio de la actividad era muchísimo mejor que meditar en la quietud. Para los monjes zen cualquier cosa que hicieran se convertía en una tarea espiritual en la que habían de sumergirse por completo, y al hacerlo su yo se perdía en la actividad en lugar de ser el ego el que la interpretara.
La forma tan directa del zen de abordar la realidad y su determinación por evitar dar explicaciones ofrecía una visión más directa de la naturaleza en lugar de intentar interpretarla verbalmente. (…) la mente ha de ser una ventana. (p. 43)
Las pinturas solían basarse en escenas naturales tales como pájaros, árboles, rocas y montañas, y se presentaban simplemente como unas imágenes que condensaban su esencia en lugar de ser una interpretación exacta de su naturaleza. (…) Se concentraba más en la experiencia directa de la percepción que en las ideas relacionadas con esas experiencias (p. 44) (Justo Watanabe parte de una percepción directa, pero al no ser un poeta estrictamente zen, también incluye sus “ideas relacionadas con esas experiencias” aunque nunca se queda sólo en ellas y lleva el poema a otro lado, no permanece ni en la pura contemplación ni en la reflexión, se mueve entre ambas y llega a un tercer lugar, oculto, que ya no es sólo percepción ni reflexión, sino quizá una suspensión momentánea de ambos para que suceda la poesía)
Los cuatro principios del wabi sabi podrían describirse de la siguiente manera:
- Todo cuanto hay en el universo está en constante movimiento, surgiendo de la nada y regresando a ella.
- El arte wabi sabi es capaz de encarnar y sugerir el esencial y evidente hecho de la impermanencia.
- Las exoresiones wabi sabi pueden desencadenar en el espectador una serena contemplación de la fugacidad de todo cuanto existe.
- Al apreciar esta fugacidad la vida se contempla desde una nueva perspectiva más holística. (p. 45)
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